domingo, 1 de agosto de 2010

Odios esporádicos

No son odios esporádicos
es tan solo el reflejo
de una locura
que pensaba amor,
y cuando la pienso
me da retortijones
en las entrañas.

No es odio,
aunque lo he pensado.

Ha sido mucho tiempo,
muchos vaivenes,
un paseo intermitente,
una noche de luna llena
que coincidió
en mi ventana.

Pero odios esporádicos??
Los debería sentir???

Tal vez,
ha sido una locura
tocar la misma sonata
o bailar
sin subir el volumen,

pero de mi parte
nunca ha sido el odio
mi pie izquierdo.

Podría cantar
que odio
los diecisiete de abril
tanto como
a la sopa maggy,

pero sería tonto
de mi parte,
ni lo recuerdas.

No hay odios
de por medio,
como mares
de distancia,
tampoco noches
perdidas
como recuerdos.

Me sale bien
mentirte,
odiarte
en papelarios,
aparecer
en los parques,
y ser más alta.

No me queda
demás,
recordarte
que no
son odios esporádicos,
tan solo
antelaciones
de como
me siento
con respecto a vos.




sábado, 5 de septiembre de 2009

Antelación del amor, de Jorge Luis Borges

Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta
ni la privanza de tu cuerpo, aún misterioso y tácito y de niña,
ni la sucesión de tu vida situándose en palabras o acallamiento
serán favor tan persuasivo de ideas
como el mirar tu sueño implicado
en la vigilia de mis ávidos brazos.
Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria del sueño,
quieta y resplandeciente como una dicha en la selección del recuerdo,
me darás esa orilla de tu vida que tú misma no tienes,
Arrojado a la quietud
divisaré esa playa última de tu ser
y te veré por vez primera quizás como Dios ha de verte,
desbaratada la ficción del Tiempo
sin el amor, sin mí.

sábado, 29 de agosto de 2009

Alguien que por desgracia mía no conocí en persona...

Felipe Granados (1976-2009)


Mi último día de Felipe Granados, "Quiero que sepan que me sentí tranquilo la noche en que maté a dios, dormí como un bebé."

La voz temblorosa me pregunta qué clase de animal me gustaría haber sido, yo digo que un conejo de peluche al que se le cayó un ojo de botón de tanto afecto que le dio su dueño, a saber, un niño de 6 años, como Juan.

El silencio que sigue dice mucho. Del otro lado del teléfono alguien que me quiere bien, elige las palabras… no puede… no hay manera de decir esto de una forma bonita.

Voy a morir.

Mi último día debería empezar temprano, muy temprano, tratar de ser metódico, práctico, cosas que nunca fui en mi vida. OK, un intento. El último.

7:30 a.m. Escribir que no quiero ningún ritual que pase por las manos de ninguno de los dioses conocidos. Quiero que sepan que me sentí tranquilo la noche en que maté a dios, dormí como un bebé, sin miedo ni del infierno ni de ese otro gran abismo al que todos llaman cielo. Que para mí la literatura, o más bien, los libros y escribir, cumplieron con todo lo que a otros daba dios: consuelo, esperanza, castigo y una forma —no mejor ni peor— de tratar de explicarme qué mierda era la vida.

8:00 a.m. Arreglo que me quemen, tres partes iguales de mí llegarán cada una a un lugar diferente: el volcán Irazú, el lugar donde estuvo mi primera casa en el mundo y el Puerto. En esos tres lugares fui feliz.

8:20 a.m. Una taza de café y varios cigarrillos, me juré que a las once de hoy dejaría de fumar; yo cumplo, trataré de no pensar en otro tiempo, en otras tazas de café y cigarrillos, ya lo dijo De Cuenca: la nostalgia es un burdo pasatiempo.

8:30 am. Lloro, lloro, pero sigo haciendo cosas, mientras tomo una ducha, mientras me afeito, mientras entro por última vez en ese milagro del calzoncillo limpio, lloro y me miraré al espejo para ver qué se siente ver a la cara a un hombre muerto que llora.

9 a.m. Me limpio la cara, salgo de mi casa a desayunar con mis hijos, Juan y Lucy, los beso despacio y me voy.

10:00 a.m. Tomarse las pastillas, no olvidar las pastillas, aunque ya no sirvan para nada, continuar el ritual de las pastillas, sentir el gusto idiota de hacer algo sabiendo que no sirve para nada.

10:20 a.m. Llegar a San José. Caminar por el pasillo de las flores del Mercado Central y no pensar en otra cosa que las flores.

10:40 a.m. Sentarme a conversar con un extraño sobre nada, de lo que él quiera: fútbol, política, Latin American Idol, no caer en la tentación de juzgarlo, no sentirme mejor que el otro, no sentirme.

10:45 a.m. Buscar mi marisquería favorita y pedir un ceviche, una sopa y camarones.

11:30 a.m. Llamar a mi mama por teléfono, decir gracias.

11:45 a.m. Dejar de fumar, yo cumplo, tarde, pero cumplo. Volver a mi casa.

12 en punto. Buscar el noticiero de radio que justo a las doce pasa el “Avemaría” de Perry Como y recordarme cuando era niño y me ponía el uniforme de la escuela.

12:15 p.m. Terminar algo de lo que he estado escribiendo.

1:00 pm. Llorar otro poquito y ver La Mansión Forrester para amigos imaginarios y reírme de Blu, reírme mucho, si es posible con Juan y Lucía en mi cama.

2:00 p.m. Poner mis canciones favoritas.

2:30 p.m. Leer El principito, el último monólogo de Novecento y los capítulos finales de El dios de las pequeñas cosas.

6:00 p.m. Llamar a un amigo, decir gracias.

6:30 p.m. Preparar una cena decente para mí, y ponerme ropa bonita y tratarme como al mejor.

7:00 p.m. No hacer las paces con mis enemigos, no perdonar los crímenes contra mí, no sobornar al perro más grande de las culpas con ninguno de estos actos.

7:30 p.m. Cenar, comer un helado, recaer con un cigarrillo y no sentirme mal.

8:40 p.m. Llamar a ese numero que recuerdo tan bien y que no volví a marcar desde hace mucho, escuchar la voz en la contestadora y no decir lo que tengo que decir, después del tono.

9:00 p.m. Poner Nina Simone, mucho Nina Simone.

9:00 p.m. Pensar en aquel astronauta falso que vi una vez, pensar en lo que dijo: “Para ser alguien que nunca estuvo preparado para vivir en este mundo, creo que lo voy a extrañar”.

10:00 p.m. Quitar de la refri la foto donde estoy junto a mis hijos.

10:05 p.m. Llorar hasta dormirme.

11:00 p.m. Dormirme.

12 en punto. Soñar con conejos de peluche, tuertos, pero felices.

lunes, 24 de agosto de 2009

Existe un mundo

Existe un mundo
en el que me eres
indiferente,
en el que jamás
te he mirado
y nunca
un beso tuyo
he probado.

Ahí en ese mundo
no tengo contigo
historia de desventuras,
amor fallido
en miles de reitentos,
lágrimas de miel,
ni sabanas infieles.

Es un mundo
que no me pone
en tu camino,
ni tan siquiera
nos conocemos
por coincidencia,

un mundo
en el que
no he escuchado
tu voz,
no me sé
tu nombre,
ni tu número
de teléfono,

y mucho menos
como es tu rostro
mientras duermes,
tus orejas
tan perfectas,
o como me miras
mientras me desnudas
entre caricias
y coqueteos.

En algún lugar
de universo
existe ese mundo,
en el que tanto
me gustaría vivir,

porque no te encuentro
en mis cosas,
no te extraño
en días
de lluvia y truenos,
y no me pondría triste
por esconder
que aún
estoy enamorada
de ti.

Pero,
...
creo que hasta
en ese mundo
te soñaría,
aún sin conocerte,
cabrón.

sábado, 22 de agosto de 2009

Te cuento...

Quiero un beso con los ojos cerrados
a oscuras
en la sala de tu casa
y con aroma a vainilla....

tengo tantos deseos
de este amor
que los puedo pintar
en simples versos.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Somos mujeres

Somos mujeres lejanas
a la tierra de las vanalidades
y muy cercanas al mar,
y a la oscuridad de la noche,

nos deslizamos agilmente
con la mirada
para admirar discretamente
o decapitar imbéciles.

Caminos por la vida
con la frente en alto,
con faldas cortas,
vaqueros hippies
o desnudas en la sala
de tu casa...

Apreciamos la belleza étnica
unos ojos profundos,
unos hombros anchos,
o caderas reodondeadas
y piernas libres
que bailen al son
de los veintiocho dias.

Hemos violado las leyes
patriarcales y los tabúes cristianos
vistiéndolos de fiesta,
besando labios rojos
como la cereza,
dejándonos
tan solo el cabello
para entrar al mar,

nos fumamos la esperanza
de un enano azul,
botamos la sabana
que nos hizo la abuela
para la luna de miel,
cambiamos la virginidad
por el placer
en el dormitorio de alguno
de nuestros novios.

Somos las que estamos
en los veintes,
a las que nuestras madres
nos dijeron,
no pequen y saboreen los besos,

a las que nuestras abuelitas
nos dicen de blanco hasta el altar
y nos enseñan de cocina,
sumisión y del oficio religioso
para que seamos buenas esposas.

Somos las que tenemos una tía joven
por siempre,
otra monja,
un tío y un primo gay,
las que desfilan sin pasarela
y cantan karaoke tres veces al año.

Ya nos vemos mujeres,
las que dentro de las mismas
cuatro amigas ya crecieron,

las que en algún momento
aman o amaron
a buenos, idiotas,
guapos, feos
y uno que otro autista en posición
de juzgarnos.

Soy tu sobrina,
la hija de la vecina,
la hija de la amiga,
la de la amiga de tu amiga,
la muchacha del bus
que lee por las mañanas,
o la que va cantando
cuando va a traer el pan,
o tal vez soy
hasta tu misma hija.

Somos mujeres
porque en los veintes
aprendimos
que no hay algo
tan cierto
como el amor,
nada tan malo
como el miedo,
y nada
tan bueno
como cada una
de nosotras mismas.