a la tierra de las vanalidades
y muy cercanas al mar,
y a la oscuridad de la noche,
nos deslizamos agilmente
con la mirada
para admirar discretamente
o decapitar imbéciles.
Caminos por la vida
con la frente en alto,
con faldas cortas,
vaqueros hippies
o desnudas en la sala
de tu casa...
Apreciamos la belleza étnica
unos ojos profundos,
unos hombros anchos,
o caderas reodondeadas
y piernas libres
que bailen al son
de los veintiocho dias.
Hemos violado las leyes
patriarcales y los tabúes cristianos
vistiéndolos de fiesta,
besando labios rojos
como la cereza,
dejándonos
tan solo el cabello
para entrar al mar,
nos fumamos la esperanza
de un enano azul,
botamos la sabana
que nos hizo la abuela
para la luna de miel,
cambiamos la virginidad
por el placer
en el dormitorio de alguno
de nuestros novios.
Somos las que estamos
en los veintes,
a las que nuestras madres
nos dijeron,
no pequen y saboreen los besos,
a las que nuestras abuelitas
nos dicen de blanco hasta el altar
y nos enseñan de cocina,
sumisión y del oficio religioso
para que seamos buenas esposas.
Somos las que tenemos una tía joven
por siempre,
otra monja,
un tío y un primo gay,
las que desfilan sin pasarela
y cantan karaoke tres veces al año.
Ya nos vemos mujeres,
las que dentro de las mismas
cuatro amigas ya crecieron,
las que en algún momento
aman o amaron
a buenos, idiotas,
guapos, feos
y uno que otro autista en posición
de juzgarnos.
Soy tu sobrina,
la hija de la vecina,
la hija de la amiga,
la de la amiga de tu amiga,
la muchacha del bus
que lee por las mañanas,
o la que va cantando
cuando va a traer el pan,
o tal vez soy
hasta tu misma hija.
Somos mujeres
porque en los veintes
aprendimos
que no hay algo
tan cierto
como el amor,
nada tan malo
como el miedo,
y nada
tan bueno
como cada una
de nosotras mismas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario