domingo, 7 de junio de 2009

María

Dígame usted señor

lugar y agredidos

ojos desmayados y cántaros vacíos,

dígame usted

como le hablo en las mañanas

y desgasto sus latidos,

no importa baños fríos

ni ojos en el abismo.

Diga hombre,

como hago con sus tantas manías

para disimularlas como dotes de garbo,

cuénteles como presume de sus segundos

y le alabo sus filosofías.

Bella y despierta

despego a la mentira,

soy teatro de deseo

y llanto en el silencio.

Ahogo los sabores

y vierto los temores en copas de sudor,

olvido lo pasado

y recojo por las noches

las sobras del presente.

Salgo triunfante,

sin corazón abatido

ni recuerdos para un extraviado amor.

No llevó ni placer conmigo

tan solo la sensación

de un deseo ajeno ya cumplido.

Limpio las repisas

y vendo mi cuerpo después del ocaso ,

duermo para no pensar en lo merecido

sujetándome a lo no vivido aún.

Ahora si, dígame usted señor

qué tanto mal he concebido

qué tan culpable mi alma

tanto como el que de ella

también ha bebido,

porque quien da y quien recibe

van por el mismo camino.

Hable hombre y no aparte de usted lo vivido

que las noches de anís

y mis orgasmos fingidos

fueron más suyos que míos,

que quien paga recibe

y usted fue complacido.

Venga y véndame

pues ahora yo soy quien compra sus vacíos

porque ya los míos yo llene

con tanta desgracia y fallidos amores.

Véndame los momentos,

las miradas largas

y las conquistas con serenata

de aquella fiel paloma

que ha domado usted

entre desilusiones y amarguras.

Anda hombre

y siga prostituyendo

lo sagrado,

que al menos para cuando cuenten mis faltas

la soledad será mi gracia.

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